punitaqui_pueblo viejo_en aquellos tiempos


 1956-1960

Al chancho solo se le pierde el grito

 

Pueblo Viejo de Punitaqui

Relatos en Blanco y Negro

 Rodrigo Iribarren Avilés

 

 

El faenamiento de un cerdo en toda el área rural de nuestra región siempre fue motivo de algazara.

 

En el área de Punitaqui, donde el agua siempre escaseó, y los recursos siempre fueron exiguos, se constituyó en tabla de salvación de muchas familias. La elaboración de arrollado, prietas, chorizos, paté, chicharrones, queso de cabeza, grasa, sumado al expendio de costillares, perniles y patitas, hicieron posible no solo obtener algunos ingresos, sino también mantener y renovar los vínculos con los vecinos y gente del sector.

 

La única carnicería propiamente tal que existía por aquellos años era la de don Antonio Codoceo, pero quien proveía a los pobladores de estos productos elaborados era el pequeño bolichito de don Rubén López y su esposa "Tina" Tello, en calle Condell. No faltaban entonces los encargos a don Rubén.

 

Durante la temporada estival cuando tenían lugar las trillas más grandes, las cabezas de cerdo y las patitas para el causeo eran sumamente codiciadas. Por aquel entonces - 1956-1960 - aún no existía un club deportivo en la localidad, pero ya se avizoraba la aparición de un equipo de niños: Los Náufragos.

 

El único recinto deportivo con que se contaba en Pueblo Viejo, era un potrero de un particular que se situaba próximo al templo parroquial. Una tarde en que caía una suave y esperanzadora lluvia, dicho campo deportivo fue arado por su propietario don Antonio Gallardo. Enorme fue la impotencia y profundo el pesar de este grupo de pequeños que desde la explanada de la Casa de Dios observábamos como este viejo tractor, en cada surco, profundizaba más nuestra herida.

 

Existió desde tiempos inmemoriales en el sector rural la costumbre de colocar un señuelo de color rojo en el lugar más visible de la propiedad cuando se faenaba un animal, los señuelos blancos eran aviso de la existencia de amasijo de pan.

 

Ni don Rubén López con sus productos cárneos, ni doña Palmira Basoalto con su horno de barro, en una localidad tan pequeña como la mía, requerían para promocionarse de otra señal que no fuera el diario cotilleo y la fuerza de la costumbre.

 

Al  término de la jornada de trabajo, en aquellos días en que don Rubén y su familia habían terminado la titánica tarea, de faenar primero y elaborar después, arrollados, prietas y chorizos, desde varios de los hogares se veía salir a familias completas en dirección a su boliche.

 

Todos iban muy alegres, hubiesen encargado o no algún producto, portaban bolsas donde sobresalían hogazas de pan.

 

En la medida que nos aproximábamos al lugar donde se había faenado el cerdo, la brisa hacia llegar a nuestras narices un rico e inconfundible olor a especias. El murmullo de la gente se hacia cada vez más presente.

  

Cuando entramos al lugar junto a la tía Jovita y a Marta Rivera, en unas rústicas bancas alrededor del fogón alimentado con ramas de grueso churque, en sabía contemplación un buen número de parroquianos esperaba pacientemente la autorización de los dueños de casa para proceder al sopiao, aunque algunos lo llaman sopeo, yo recuerdo haberlo escuchado como sopiao.

 

El gran fondo humeante, continente de un sospechoso líquido en ebullición de color rojizo se llevaba casi todas las miradas. El aroma inundaba el ambiente y alertaba al estómago. Todo el mundo estaba exultante y a la expectativa.

 

Cualquier observador desinformado habría pensado que ésta era una ceremonia de carácter mágico-religiosa, cuya ofrenda estaba en el fondo de ese recipiente, bajo ese líquido espeso en apariencia infernal.

 

Cuando la concurrencia era ya suficientemente numerosa, y el ojo avizor de todos parecía girar exclusivamente alrededor del líquido humeante, el dueño del puerco procedía a invitar al sopiao. Los mayores, sin prisa a pesar de la espera, comenzaban a distribuir los panes entre los integrantes de su núcleo más cercano. Pan en mano se miraban, nos mirábamos, nadie quería ser el primero, ya que podría ser mal visto.

 

Minutos después ya superada la timidez, grandes y niños introducíamos nuestras marraquetas en ese liquido hirviente donde se habían hecho los arrollados. Aunque presentíamos que una gran cabeza, previamente afeitada y aderezada nos observaba desde el fondo, ¡con fruición engullíamos ese pan sopiao! El líquido caliente, quisiera o no, corría por mis manos, convirtiéndose en una preocupación más para la tía Jovita y Martita Rivera.

 

Hasta agotar su provisión de pan, vecinas y vecinos permanecían alrededor del caldero. Era una estupenda oportunidad que se aprovechaba par interiorizarse de los últimos sucesos del pueblo. Nuestros antepasados debieron reunirse así alrededor del fuego, del rito del fuego, del rito de la comida. ¡El sopiao era mucho más que un ritual gastronómico! ¡Era una actividad social de reafirmación del ethos de Pueblo Viejo!

 

En algunos sectores como El Toro, las familias Montenegro, Maluenda y Jopia, eran expertos en estas faenas, en La Higuera doña Eliana Tello. Donde Hugo Alvarado también se mataban y faenaban cerdos.

 

En estos lugares cercanos a Pueblo Viejo, no solo se comía, sino se bebía, se bailaba y se socializaba. Al término de la actividad se procedía a rifar la cabeza del cerdo. Pero no era una rifa tal cual la conocemos hoy, sino tenía algunas características particulares. El propietario le asignaba un valor, y vendía una serie de acciones, que no eran otra cosa que una cantidad limitada de porotos. Quienes estaban interesados en adquirir dicha cabeza, compraban una cantidad de porotos de acuerdo a su presupuesto, procediendo luego a apostar sus acciones al juego de dados con los demás poseedores. Había también quienes no apostaban directamente, sino lo hacían a las manos de algún apostador.

 

Ganaba la cabeza la persona que quedaba con todos los porotos en su poder. En caso de que el juego se alargase por mucho tiempo, los dueños de las acciones podían llegar a un acuerdo y repartirse dicha cabeza.

 

El cerdo era un animal muy útil, no hacia grandes gastos y se alimentaba de despojos. Como decían en esos pagos, ¡Al chancho solo se le perdía el grito!

 


2020 04 27

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Chez le cochon, c’est seulement son cri que l’on perd

 

 

 

  

 

La préparation d’un porc dans toute la partie rurale de notre région a toujours été motif d’effervescence.

 

Dans la zone de Punitaqui, où l’eau a toujours été rare, et les ressources toujours limitées, elle est devenue la planche de salut de beaucoup de familles. L’élaboration d’arrollado, boudins, saucisses, pâté, lardons, fromage de tête, saindoux, ajoutée à celle des côtelettes, jambons et pieds a rendu possible non seulement l’obtention de quelques ressources mais aussi le maintien et le renouvellement des liens existants avec les voisins et gens du secteur.

 

L’unique boucherie proprement dite qui existait en ces années là était celle de don Antonio Codoceo, mais qui fournissait les habitants en ces produits élaborés était la petite boutique de don Rubén Lopez et de son épouse  "Tina" Tello, dans la rue Condell. Les commandes ne manquaient donc pas à don Rubén.

 

Pendant la période d’été, quand avaient lieu les battages de blé les plus importants, les têtes et les pieds de porc étaient, pour l’occasion, extrêmement sollicités. A l’époque - 1956-1960 - il n’existait encore aucun club sportif au sein de la localité, mais on restait attentifs à l’apparition d’une équipe d’enfants : Los Naufragos Les Naufragés.

 

La seule enceinte sportive qui existait à Pueblo Viejo était un terrain privé qui se situait à proximité du temple paroissial. Un après midi, au cours du quel tombait une douce et prometteuse pluie, la dite enceinte a été labourée par son propriétaire, don Antonio Gallardo. Enorme a été l’impuissance et profond le regret de ce groupe d’enfants qui, depuis l’esplanade de la Maison de Dieu, observions comment ce vieux tracteur, en chaque sillon, creusait de plus en plus notre blessure.

 

Il existait depuis des temps immémoriaux, au sein du secteur rural, l’habitude de placer un drapeau de couleur rouge à l’endroit le plus visible de la propriété quand on préparait un animal, les drapeaux blancs indiquaient la présence de pâte pour le pain.

 

Ni don Rubén López avec ses produits carnés, ni doña Palmira Basoalto avec son four en terre, dans une localité aussi petite que la mienne, n’avaient besoin, pour assurer leur promotion, d’autre chose que de la communication quotidienne entre les gens et que de la force de l’habitude.

 

A la fin du travail, les jours où don Rubén et sa famille terminaient la tâche titanique, d’abord de préparer le porc, puis d’élaborer arrollados, boudins et saucisses, depuis de nombreuses maisons on voyait sortir des familles complètes en direction de sa boutique.

 

Tous étaient très joyeux, qu’ils aient ou non commandé quelque produit, et portaient des sacs où l’on notait la présence de pains.

 

A mesure que nous nous approchions de l’endroit où l’on avait préparé le porc, la brise envoyait à notre nez une très bonne odeur, qu’il était impossible de confondre. Le murmure des gens se faisait de plus en plus présent.

 

Quand nous sommes entrés dans les lieux avec la tante Jovita et avec Marta Rivera, sur des bancs rustiques installés au bord du foyer lui-même alimenté avec de grosses branches, en savante contemplation, un bon nombre de "paroissiens" attendait patiemment l’autorisation des maîtres de maison pour procéder au sopiao ; même si certains l’appellent sopeo, je me souviens de l’avoir entendu nommer sopiao.

 

La grande marmite fumante, contenant un liquide suspect, de couleur rougeâtre, en ébullition, attirait pratiquement tous les regards. L’arôme envahissait l’air ambiant et alertait l’estomac. Tout le monde exultait et était dans l’expectative.

 

Quelque observateur non informé aurait pu penser qu’il s’agissait d’une cérémonie de caractère magico religieux, dont l’offrande était au fond de ce récipient, sous ce liquide épais et en apparence infernal.

 

Quand l’affluence était suffisamment nombreuse, et que l’œil avisé de tous paraissait exclusivement tourné vers le liquide fumant, le propriétaire du porc procédait à l’invitation au sopiao. Les anciens, sans hâte malgré l’attente, commençaient à distribuer le pain entre leurs proches. Pain en main, ils se regardaient, nous nous regardions, personne ne voulait être le premier, car cela aurait pu être mal vu.

 

Quelques minutes après, une fois dépassée la timidité, grands et petits trempions notre pain dans ce liquide bouillant où avaient été élaborés les arrollados. Bien que nous pressentions qu’une grande tête, auparavant rasée et préparée, nous observait depuis le fond, avec plaisir, nous engloutissions ce pain sopiao ! Le liquide chaud, que je le veuille ou non, coulait sur mes mains, se convertissant en une préoccupation de plus pour la tante Jovita et pour Martita Rivera.

 

Jusqu’au moment de terminer leur pain, voisines et voisins demeuraient autours du foyer. C‘était une extraordinaire opportunité dont chacun profitait pour se pénétrer des dernières nouvelles du village. Nos ancêtres ont du se réunir ainsi autours du feu, du rite du feu, de la nourriture, du rite de la nourriture. Le sopiao était beaucoup plus qu’un rituel gastronomique ! C’était une activité sociale de réaffirmation du génie de Pueblo Viejo !

 

Dans certains secteurs comme El Toro, les familles Montenegro, Maluenda et Jopia étaient expertes en ces préparations, à La Higuera, c’était doña Eliana Tello. Chez don Hugo Alvarado on tuait et préparait aussi des porcs.

 

En ces lieux proches de Pueblo Viejo, non seulement on mangeait, mais on buvait, on dansait et on se socialisait. A la fin de l’activité on procédait au tirage au sort de la tête du porc. Mais cela n’était pas un tirage au sort tel que nous le connaissons aujourd’hui, il y avait des conditions particulières. Le propriétaire lui assignait une valeur, et vendait une sorte d’actions, qui n’étaient autre chose qu’une quantité limitée de haricots. Ceux qui souhaitaient acquérir la dite tête achetaient une quantité de haricots correspondant à leur budget, procédant ensuite à parier leurs actions au jeu de dés avec les autres possesseurs. Il y avait aussi ceux qui ne pariaient pas directement mais le faisaient par l’intermédiaire - a las manos - d’un autre parieur.

 

Celui qui restait avec tous les haricots en son pouvoir gagnait la tête. Si le jeu se prolongeait trop longtemps, les propriétaires des actions pouvaient arriver à un accord et se partager la tête.

 

Le porc était un animal très utile, il n’engendrait que peu de frais et s’alimentait de déchets. Comme l’on disait en ces lieux, chez le cochon, c’est seulement son cri que l’on perd !




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